sábado, noviembre 07, 2009

Antologías momentáneas, I:
Tres poemas que no me gustaría olvidar

¿Las cosas están mejor o peor? Pregunta tan simple; vaya a saber uno. Hice otra canción, saqué fotos de niñas salvajes en el cumpleaños de mi hermana menor. Le recé a la lluvia, ayer goteó durante 10 minutos. Y terminé el cuaderno donde junto frases. Una de las últimas dice: "Si tuviese que llevar algo nuevo a mi casa, sería una cosa grande y hambrienta". Otra frase, de esas que esperan nuevo papel, dice: "Fuera de la institución, no hay salvación". Es de una novela de Amelie Nothomb, se las recomiendo.

Y también recomiendo que lean, que se topen, con estos tres poemas: "Bajo un sol en punta"; "El bosque de los aciertos", y "Teconología", uno de los pocos poemas de ciencia ficción que conocí (para leerlo tienen que entrar al link y después buscar hasta dar con el 11/09/06).


miércoles, octubre 28, 2009

Domingo 1/11, 19 hs, en casa 13
(tocamos de vuelta!!!)

(Más info acá.
Y abajo, las letras de algunas canciones)
Tres canciones de la banda



- Muñecos de nieve -

Esta es la despedida
de los de Sexto “D”
el curso de los suicidas
se va a Bariloche

Esta es la despedida
de los de Sexto “D”
el curso de los suicidas
se va a Bariloche

No saben nada de Matemática
no saben nada de Matemática
no saben nada de matemática

No saben nada de química
no saben a quién votar
no saben de derecho, de filosofía
no saben nada de nada

(solo simpático)

Esa fue la despedida de los de Sexto “D”
el bondi se hizo pija
se estrelló contra un hotel

Cayeron como muñecos de nieve
cayeron como muñecos de nieve
como muñecos de nieve...

No saben nada de química
no saben a quién votar
no saben de derecho, de filosofía
no saben nada de nada

No saben nada de matemática!
no saben nada de matemática!
no saben nada de matemática!
no saben nada de matemática!

(cierre de violín)


- Miyazaki -

(intro con guitarra: arpegio. Luego guitarra y violín)


Miiiiiyazaki
Miiiiiyazaki
Miiiiiyazaki
Miiiiiyazaki

Recuerdo la bruma
recuerdo la bruma
recuerdo la bruma
recuerdo la bruma
recuerdo la bruma
y el sol
y a...

Miiiiiyazaki
Miiiiiyazaki


- Papá drágon se va de casa -

Cada noche veo que no quiero
lo que pasa en esta cueva
si el agua corriera al revés.

Acurrucada en casa mi mujer espera
tiene mugre en la boca y un árbol
incrustado en los pies.

Voy a salir el sol.
Voy a salir
el sol.

Voy a salir el sol.
Voy a salir
el sol.

Si el viento sopla seré de hielo
y si hace frío seré de hielo
no habrá nada roto.

Subiendo el monte vienen mis hijos
subiendo el monte
si el agua corriera al revés

Voy a salir el sol.
Voy a salir
el sol.

Voy a salir el sol.
Voy a salir.
El sol.

(parte gloriosa del violín)

Cosas que veo: ¡nada!
Cosas que veo: ¡nada!
Cosas que veo: ¡nada!

lunes, octubre 26, 2009

Objetivo: Myspace
(pispeando, V)



Volviendo al viaje: alguno de los extraterrestres de uno de los talleres de escritura linkeó este página y entré y no pude salir. Se llama "Golosina Caníbal", y parece haber dado un pequeño giro en los últimos tiempos, de la literatura hacia su afuera. Hay recomendaciones de discos de cumbia queer, textos de brujería, animación.
Hay un link a un ensayo sobre He-Man y el macho universal, otro a un ensayo sobre Mario Bros sacado de una de esas páginas que hace tiempo quería conocer, hay una carta de O. Lamborghini a Aira explicándole por qué no escribe o qué le pasa que no escribe, hay un pequeño monstruo de colección de Wilcock, un link a la historieta "Pequeño Nemo en Slumberland" (un nene que siempre sueña que lo llaman de un lugar llamado
Slumberland, y va camino hacia allá, y hace lo que le dicen que no haga, entonces se pierde, grita, cae, se despierta, y la madre le dice "!te dije que no comas mondongo de postre!"), un texto que se pregunta sobre los motivos probables del éxito póstumo de Bolaño. Y más!


martes, octubre 20, 2009

Octubre 16

Me encontré a las 16:30 con padre. No le dije nunca papá, no lo toqué siquiera. Le dije “la casa donde pasé mi infancia la vendiste, fue como si hubieses matado una parte de mi cuerpo”. “Lo peor fueron los pinos. Yo jugaba ahí”. Le dije “tengo mucha violencia adentro, pero no quiero sacarla. Ya veré cómo hago, es mi problema (...)”.


Septiembre 7

Dos de la tarde. De vuelta en Carlos Paz, voy a comer milanesas a la casa de la abuela. Enfrente, la casa de mi tía. Sin pinos. La casa de mi tía tenía siete pinos, las puntas cuando había viento se movían de manera amenazante, pero nunca pasaba nada. Recuerdo estar ahí. Abajo del techo, separado por una nube de tejas del movimiento de los pinos. Albaricoques. Treparnos al árbol. Ver las cosas desde ahí. Los pinos en las fotos. La historia de los pinos, la historia de esa casa, la historia de buena parte de mi vida: cuando me quebré, cuando salíamos por las rejas, cuando jugábamos a las escondidas adentro de la casa, cuando mis gatas tuvieron todas gatitos y eran 17, cuando la abuela ocupó el lugar de los gatos y de nosotros, los discos de vinilo, descubrir que el reproductor de discos funcionaba, dormirse escuchando a Beethoven y los discos viejos de los Stones de la época en que papá tenía una disquería. La tía loca dando vueltas por la casa, el sauce que crecía, Guille durmiendo ahí. Me olvido cosas. Regreso atrás. Una piedra lanzada al gordo Muniguini, o era otro, no
importa, tuve que darle un poster de The Sacados a cambio de que no me golpeé como venganza con una piedra más grande, jugar al fútbol con Demián, usar de arco los rosales sin que nos viera mamá, colgar los gatos de la cuerda de secar la ropa sin que nos vea mamá, jugar al fútbol solo sin importar quién me viera, practicar el tiro con comba poniendo una hilera de sifones de soda en medio, que la pelota vaya hacia el asador, la pared de sifones interpuesta, la vecina limpiando los rombos en las ventanas antes que nos mudemos, la primera vez que nos mudamos, la vez que desapareció padre, la vez que me desperté y él estaba llorando solo al lado de la cama, me miraba, preguntándose vaya a saber uno qué, cuando llevé a Laura a la casa, cuando me acosté con Laura en año nuevo, la tía sola dando vueltas por la casa acomodando muñecos enloquecidos y mudos de porcelana, Laura que se fue de viaje al Norte y volvió cambiada, y me huyó, y me sentí horrible, despertar a las diez de la mañana, tener diez años, sentir que es domingo, que todos duermen, que hay paz en la casa, que todavía no hay nadie afuera, el olor de los sauces, el olor del piso lavado, leer “la vuelta al mundo en ochenta días”, leer “los pieles rojas”, leer cuentos infantiles, pensar en Beatriz Salomón y en Xuxa, Demián al lado mío con Juan Cruz despertándome. “Narinas, despertate”. “Narinas, despertate”. Y mamá encima de ellos dos tirándole de los pelos, diciendo “traigan una regla que medimos a ver quién tiene la nariz más grande”, y otra vez los pinos, gente arriba de los pinos o la imagen de gente alrededor de los pinos. Y así de simple y fácil, en menos de una semana esa casa ya no me pertenece, y a los pinos los tiraron, y lo que veo ya no es lo que es, es otra cosa, y no sé qué sentir o qué pensar, más que esto: “las cosas cambiaron. Los pinos se fueron”. Desearía pensar “y a otra cosa”. Pero estoy estancado entre el portón y la calle.


martes, octubre 13, 2009

"Miyazaki"
(en vivo, casa 13)

(Para Falco y Anna K, allá lejos. Para Luis, Anibal y Zuzuk.
Para mi hermana. Para los que me dan fuerza.
Para los que me dan fuerza.
- gracias a Juank y a Pete-)


viernes, octubre 09, 2009

Mi banda ya tiene nombre: pero ¿es una banda o un dúo? ¿Eh!?
(pispeando, IV)



Y antes de que el sol le da de lleno a las plantas, les tiro un poco de agua. Sofía (la ovejero alemán) mastica la silla de plástico y sé que mientras tanto Manitas (su hermana, la otra perra) se mete a la casa aprovechando que no la veo, colgado como estoy mirando nuestro paredón rosa y el muñeco samurai que controla la medianera.

Y resulta que entre las plantas que riego hay una que me regaló la Cuqui Orso, pequeña y preciosa (alguna vez Manitas rompió la maceta. El dibujo que tiene ahora está partido).
Y resulta, también, que Sofía y su silla de plástico me hacen pensar (y casi, ver) el blog de Sofía Watson (paseen por él, viajen por él, y busquen "el prendedor con personaje meditabundo y flores").

Y, sigo pensando, quizás lo que hace Manitas (la perra) al meterse en la casa es una intervención, y el muñeco-Samurai que
controla la medianera también es una intervención, como dibujar un dibujo sobre otro dibujo, o ponerle letras, o muñequitos, a esos dibujos, al igual que alguna de las tantas cosas que vi en el Blog de Nico Balangero.
Bueno. Todo esto, y las plantas ya tienen su agua.
Ahora un pequeño compilado de sus obras, para seducirlos más.


(1 y 2, de Mr. Balangero; 3 y 4, de Ms. Watson; 5 y 6 de Ms. Orso.
Vayan de viaje)

viernes, octubre 02, 2009

Benito en el bosque


Benito era un chico de alma muy buena al que le encantaba hablar.
Podía hablar de muchas cosas. De las pirámides de Egipto, del señor que había inventado la electricidad, de los hijos y los nietos y los bisnietos del señor que había inventado la electricidad. Podía hablar de las clases en la escuela, de los vecinos, de cada persona de la familia, y también podía decir increíble cantidad de cosas acerca de sí mismo. Los padres, los hermanos y los abuelos de Benito se repartían la oportunidad de escucharlo, porque es verdad que Benito tenía un alma muy buena, pero hablaba todo el tiempo sin parar (en ocasiones incluso hablaba en sueños, pero de eso no se le entendía nada).
A decir verdad, Benito parecía inagotable.
Una vez que se fueron de viaje con su abuela a una ciudad llamada Río Cuarto, Benito había empezado el viaje en colectivo hablando del sol. Le pedía a su abuela que mirase cómo se movía el sol mientras el colectivo avanzaba. Y le explicaba “si vos salís del colectivo, el sol está quieto”.
“Ahá”, decía su abuela.
Y Benito continuaba: “Desde arriba del colectivo, el sol se mueve. Pero si bajás está quieto. ¿Cómo es eso? ¿Eh? ¿Se mueve o está quieto el sol?”, preguntaba.
“Y…, no sé”, respondía la abuela.
“Obvio, abuela. Depende si hay viento”, dijo Benito.
Buena parte del los que viajaban escucharon esto y empezaron a reír. Y hasta la mitad del viaje, los pasajeros siguieron escuchando los razonamientos y la voz de Benito porque era muy divertido de escuchar. Después quisieron dormir.
Y sin embargo Benito todavía hablaba.
Hablaba y hablaba.


Era un chico de alma muy buena Benito. Hablaba mucho, es cierto. También le tenía miedo a algunas cosas, como los otros niños. Le tenía miedo a las arañas, a las serpientes, a los dragones, a los soldados, a los hombres muy altos con una sola pierna, y a la oscuridad.
Le tenía muchísimo miedo a la oscuridad, Benito. Por eso, siempre antes de irse a dormir, pedía que dejaran encendida la luz.
Si estaba todo oscuro, Benito veía figuras raras que se formaban en la oscuridad, figuras asombrosas e inexplicables que lo hacían quedar callado, sumamente callado, y con los ojos abiertos de par en par.
Además, Benito siempre viajaba a conocer muchos lugares porque a toda la familia le encantaba viajar. Habían visitado un poco de cada provincia, pero principalmente las ciudades y pueblos de aquella en la que vivía él. En su provincia siempre había montañas y campos largos llenos de alambrados. Benito sabía que los alambrados eran para que no se escaparan las vacas y los demás animales, aunque le encantaba imaginar que una tarde huirían todas las vacas y todos los animales y harían una carrera por la ruta. Con la leche de la vaca que ganaba la carrera producirían el mejor dulce de leche en toda la galaxia. Eso imaginaba Benito.


Hasta que un día sus tíos y sus primos lo llevaron a un lugar en el medio de las montañas llamado Bosque Alegre. En el medio de ese lugar, bien adentro del Bosque, había un Observatorio con un telescopio gigante para mirar de cerca todas las estrellas. Un telescopio gigante como los dinosaurios y los edificios de las películas. Benito no podía soportar tanta curiosidad. Se la pasaba preguntando por el sol, las estrellas, los lugares que se podían ver de todo el universo, con sólo poner uno de sus ojos adentro del telescopio.
Cuando llegaron a Bosque Alegre era casi de noche. Tuvieron que apurarse, salir del auto corriendo.
Benito hablaba y hablaba, y en un momento pidió las llaves del auto porque se había olvidado la cámara de fotos del tío. Decía que había que sacar fotos. Que cuando le explicara a todos cómo, en qué lugar y de qué color eran las estrellas, tenía que hablar y mostrarles fotos. Que eso era muy importante, que era imprescindible sacar fotos.
Además, Benito quería hacer preguntas sobre el sol. Millones de preguntas sobre el sol. ¿Siempre había estado ahí? ¿Seguro? ¿Siempre se había llamado igual? ¿Es verdad que se peleaba todo el tiempo con el viento?


Fue al auto del tío pensando en la cámara de fotos y en todas sus preguntas todavía sin respuestas acerca de las estrellas y el sol. Abrió la puerta, sacó la cámara, y cuando empezó a caminar de vuelta hacia donde estaba el resto de la familia, dobló en un lugar incorrecto, y se fue perdiendo en el medio del bosque. Con la cercanía de la noche el bosque estaba rodeado de silencio y de más y más oscuridad.
Cuando Benito quiso volver atrás ya era tarde.
No se veía absolutamente nada.


¿Qué podía hacer Benito ahora que estaba solo en el bosque oscuro? Si hubiese estado en una habitación cualquiera, simplemente hubiese encendido la luz. Pero no se podía encender ninguna luz en el bosque. O había que encender muchas. Muchas. ¿Cuántas luces? Una hilera de luces. Lo mejor, pensaba Benito en voz alta, hubiese sido instalar un sistema de electricidad nuevo, y que al tocar cada árbol, el árbol se encendiera como una lámpara verde.
Era una gran idea, quizás ya se le había ocurrido a alguien...
Se acercó a uno de los troncos que había cerca, y con algo de esperanza, lo tocó. No pasó nada. Ninguna luz.


¿Qué podía hacer ahora que estaba solo, solo y perdido en un bosque oscuro?
Al principio Benito siguió imaginando cosas, pero luego dejó de hablar. Benito se quedó sin palabras.
Un poco temblaba.
Se sentó en cuclillas en el piso, dejó la cámara de fotos a su lado, y estuvo al borde de largarse a llorar.
Pero pasado un rato en lo oscuro se dio cuenta de una cosa.
Ya no tenía ganas de hablar de las pirámides de Egipto, del inventor del teléfono, del nieto del inventor del teléfono, de los bisnietos del inventor de la electricidad, de las reglas de matemática, de los vecinos. No tenía ganas de hablar de los telescopios, del sol, no tenía ganas de contar historias acerca de su familia.
Benito estaba solo en el bosque y se dio cuenta que no tenía ganas de hablar.
Y también se dio cuenta que ya no tenía miedo. ¿Para qué iba a tener miedo? Estaba solo en el bosque. Ésa era la realidad.


Agarró un pedazo de rama que había en el piso y aunque no se podía ver nada le dieron ganas de dibujar. Recordó que todos en su familia siempre decían “Benito es un chico de un alma muy buena”. Siempre le había encantado escuchar eso, aunque no entendía bien que querían decir. Al fin y al cabo: ¿Qué era el alma?
La verdad que no sabía. Pero seguía con ganas de dibujar.
Benito estaba solo en el bosque. Con un pedazo de rama Benito empezó a dibujar el alma de Benito.
Un buen rato después terminó de hacer el dibujo de su alma. No lo veía, pero estaba seguro que le había quedado perfecto. Después se levantó del suelo y salió caminando tranquilo, muy tranquilo de entre los árboles del bosque.

- (Este cuento fue publicado en "Pequeño Jerónimo" de octubre. Es uno de los cuentos para niños que saqué del libro porque entendí que había un problema de "perfil". La foto es del blog de Majo Arrigoni. Tuve que elegir una de entre muchas, estuve al borde de poner por lo menos siete. Me dije: "mejor les recomiendo que se den una vuelta y se dejen golpear por sus fotos". Pueden pasar por acá y por acá) -

domingo, septiembre 27, 2009

¿Los bosques de Groenlandia?
(pispeando, III)

Acá, en el número 76 de la revista digital "El vernáculo", junto a fotos de los Wailers, Ají Rivarola y un disco de Muse, me hacen una entrevista y aprovecho para mandar lindas fotos (juraría que conozco a la chica de tapa).


¿Y por qué no? Quizás algún día haga la pequeña antología de momentos-blog.
Aprovecho y les recomiendo algunas notas (la revista tiene un hermoso diseño y es como un pequeño paseo por las artes cordobesas):

1) Sobre el gran grupo Cirulaxia (vayan al taller de clown, vayan al taller de clown).

2) Nota a Blázquez, hablando del cuarteto.
3) Entrevista a Teddy Kruegger, la banda poderosa de salteños jóvenes que cerró una de las mejores lecturas a las que asistí
.

jueves, septiembre 24, 2009

¿Kleinn abba uhu?
(pispeando, II)



Y entonces un día la batichica llegó a la baticueva, el pelo revuelto, pensando "qué loco, en la cartera tengo dos libros de neochic-lit, dos de autores cordobeses, una Cosmopolitan y la Inrockuptibles", y se tiró en la cama, y se levantó, se vistió de batiyegua y pensó "si a las 15 líneas no me seducen, los dejo". Miró las revistas, y dijo "lo hago", "santos tejedores, lo hago". Y entonces se puso a batihacer una batirevista, y acá está el primer número, Batman y Robin están agotados en la cama, leyendo las novelas malas de Cristina Bajón, y no entienden cuándo, cómo pasó, pero saben que los próximos serán ellos...

Recomiendo: Las Confesiones Hot, el Cosmo Test, las Cosmo Posturas (Marosa di Giorgio, excelente!) y la columna "lo sexy/lo out".

lunes, septiembre 21, 2009

¿Shall I feed las perras?
(pispeando, I)


Excelentes dibujos del hermanastro lejano de T. Burton, en el segundo blog de Giordano (arriba uno de ellos, apropiado para el aire primaveral).
La receta para la felicidad, según Einstein.
La literatura en verano, según dos bebés.
"Diez razones para escribir para chicos" (esto para los mutantes del taller de casa 13, que escribieron una pequeña antología de relatos en menos de dos horas).
Y ganas de leer los cuentos del sexto irlandés...

lunes, septiembre 14, 2009

Y entonces, el domingo pasó de nuevo...


(Cuatro lecturas. Tres bandas. Una tarde de sol. Cuatro lecturas, tres bandas, el dibujante, mucha gente, buena onda, cerveza y/o mate, una tarde de sol. Se hace de noche, cinco canciones, cuatro afiches, tomates en el piso, personas de acá y de allá y de otro lado, de pronto muchas cámaras de fotos, Maigua con música de fondo, usando un instrumento autóctono, "esta es la ultima paja que me queda, esta es la ultima paja que me queda", decia ella, y entonces los tomates rotos. Luis en la radio, los chicos en la radio, una noche de sol, dos guitarras, una chelista, una violinista, una nena igual a un animé, la nena saltando en el baño, pantalón rojo tomate, y hace con las manos el gesto del fótografo cuando le roba (le saca) una foto. Un domingo a la tarde, una tarde de sol, se va el sol viene la noche, dos guitarras, cuatro guitarras, cuatro lecturas, tres bandas. Y entonces, como aquella vez, pasó de nuevo...).


(Las fotos son del austríaco misterioso llamado "Pit". Lo podriamos llamar de otra manera, aceptando su idioma, pero eso daría lugar a chistes de mal sentido, que no vienen al caso. Para los que estuvieron en casa 13, es bastante obvio cuál era Pete ("Pit", perdón), sobre todo si saben diferenciar a un señor pelado de uno que tiene muchas rastas y remera roja. Para los que no fueron, pues bueno, ya conocerán a Pete ("pit", carajo), mientras tanto traten de imaginarlo a través de sus fotos, las fotos que sacó ayer, o pispeando en su página web. De pronto, parece como si mi tercer país fuera Austria (saludos a Anna). O el cuarto, vaya a saber uno. La estrella de la noche creo que fue la violinista. O Elisa. O Elisa + la violinista. O la casa. Sí. La casa. Y la muy buena onda que habia y que lo envolvía todo. Creo que fue eso).

(Más fotos, del espía secreto, acá y acá -excelentes fotos en clave "manos"-) (¿Y habrá video? ¿Habrá video?! Creo que...).

jueves, septiembre 10, 2009


Este domingo, en casa 13, gente querida lee, y gente querida dibuja y hace música. Mate y cerveza + invitado secreto: un austríaco con rastas. Venid!



Acá, una pequeña antología preparatoria.
Gallardo / Maigua / Gagliano. Dejamos el misterio para Valentinis.
Y cantamos: "Zorrooo"; "Miiii/ya/za/ki...".

lunes, septiembre 07, 2009

Salinger-Fogwill-Casas


Bien. Durante una época me gustaba recomendar cuentos en una sección que llamaba "si usted no leyó esto su experiencia vital es nula", o algo así. La sección sigue con vida, abajo, a la derecha, aunque estaba un poco desactualizada. Bien. Sigue desactualizada (me debo tantas lecturas este año), pero con esto sale del coma.

Primero, uno de los relatos de Salinger acerca de la familia Glass. No "uno de", sino "el". Es como el final y el principio de toda la serie. Tiene un título increíble y ni hablar del cierre. Ni hablar del cierre. Por otra parte, imposible conseguir fotos de Salinger.

Segundo, el relato de Fogwill donde empieza Fogwill, que seduce a una muchacha punk, que juega a decepcionar al lector y que se supone debía ser leído en clave en el concurso literario más concurrido del año 80. "Fue escrito de un tirón, en tres horas, como al dictado de una voz ajena", dice Fogwill. Que viene a Córdoba. Y al que no resulta muy difícil (verán) sacarle fotos.

Tercero y último, los chicos de Boedo enfrentados en una plaza. Uno de ellos que sale por una puerta, el otro por la otra. El chico pulenta que se pierde en los bosques imaginarios de nuestra ciudad (en Córdoba no hay bosques, dice Casas que le escribieron, alguna vez). Y como si fuera poco, un epílogo (?) que incluye la charla con un japonés (!!).

Son cuentos un poco largos. Tómense su tiempo. Cuando los leí, me cambiaron.

martes, agosto 25, 2009

Estado de cosas


Parece que pronto voy a recuperar Internet fruto de una pequeña inversión. Y bajaré música y películas y fotos, me dispersaré hasta explotar. Mientras tanto, termino un libro, completo otro, me empiezo a agotar, pienso "mejor volver a la época de meterme papeles en la boca", "necesito sol, necesito descanso", "que se llene rápido el río". F me escribe que en NY el agua corre al revés, E termina su libro con gente recibiendo llamados raros (tiene poemas que me gustan mucho), los PIN animan el último jueves malito (donde lee Tejerian Lu, cuya literatura admiro y sobre la que hace tiempo quiero escribir); FM pasea por la ruta Córdoba-Tartagal en un libro de relatos, la gente entra y sale de casa en estados a veces calamitosos, a veces epifánicos, generalmente las dos cosas más un poco de armoniosidad. Padre me escribe desde el Más Allá y me cuesta responder, los perros de mi tía ladran solos en
una casa hipotecada. Empiezo con otro taller en una semana. Tengo que redactar un cuento sobre el sostenimiento del agua para el 15 del mes entrante, tengo que redactar dos cuentos infantiles pendientes para mi hermana menor, y dos escritos que andan dando vuelta hace tiempo y que no dejo salir. Además, en breve habrá música y/o invitación a escuchar música (sí, "indie"), y plegarias, y pedazos del diario mío de cada día. Por lo pronto, ojeo algunas cosas de Sonia "pequeño pony" Budassi, con quien estoy el sábado en un debate-lectura. Acá el cuento más elogiado de su primer libro. Eso es todo por ahora. Voy a la plaza SM a ver cómo descose la pelota mi hermana mayor, a la que no veo hace 3 meses.

(hacer click en imagen para agrandar)

jueves, agosto 20, 2009

"Más de una vez he sospechado que por debajo del mundo que escojemos hay otro, involuntario, inexplicable, que nos elige a nosotros" .

"No hubo nada / no hubo nada en los días expandidos / como ondas circulares / que se mueven despacio en el agua de un estanque / así funciona vivir".

"Una corona fría descansaba en su cabeza. Él era el fugaz gobernante de la discordia interna y externa, acongogado en su propio reino".

viernes, agosto 14, 2009

El ataque de la bicicleta ensimismada



lunes, agosto 03, 2009

U.f.o.s

Dice Schweblin: "porque lo que creo es que para ser un buen escritor, más allá de la técnica que puedas tener, las influencias, más allá de todo lo que puedas aprender, tenés que tener una visión particular del mundo".

Responde Banville, señor de las marionetas: "Usted (el periodista), en cambio, puede ir a un incendio en el que mueren 40 personas y contarlo después en 400 palabras. ¿Se da cuenta? Traduce un suceso tremendo en una pieza breve y comprensible. No hace ficción, pero necesita un esfuerzo de imaginación. Yo tendría dificultades para hacer eso. Vería el cadáver de una anciana y pensaría en que, seguramente, tenía un gato. ¿Habría muerto el gato? ¿Habría escapado? Quedaría atrapado en los detalles".


Bolaño, en voz alta: "La poesía es un gesto, más bien diría un, acto, de adolescente, de
adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco que tiene, por algo que no se sabe bien qué es...".

jueves, julio 23, 2009

Entonces, el padre del hijo escribe

Recibir una gran mail-carta. De esos que se reciben pocas, muy pocas veces.
Ganas de escribir, y de pensar. Y de leer tu próximo libro.

viernes, julio 17, 2009

Los trabajos prácticos

Y mientras tanto, Pacman se convierte en un TP.
(Lean el ensayo de Casas sobre la voz extraña, que está en la misma hermosa página, por favor).

miércoles, julio 15, 2009

La historia de la bruja albina

La mayor parte de la gente piensa que le tiene miedo a muchas cosas, pero sobre todo a morirse. Eso es muy tonto, es equivocado y está mal. No se le puede tener miedo a algo que uno no conoce y que sabe que sólo puede pasar una vez. De ninguna manera. Se le tiene miedo a algo que más o menos ya se conoce y que bajo ninguna condición uno desea que se vuelva a repetir. Por eso es totalmente falso que las personas le tienen miedo a la muerte, y es absolutamente verdadero que tienen pánico a quedarse solas.
Ahora imagínense lo difícil que debe haber sido la vida de la bruja albina. Una vida horrible, imposible de vivir en paz. No sólo porque ella no era una bruja común y corriente, igual a las otras, sino porque además vivía en el siglo XXI, donde ya nadie creía en brujas, y todos los chicos se la pasaban mirando un monitor. Como si fuera poco, la bruja albina era albina, o sea, muy pálida y de pelo blanco, parecía que la cara se la habían rociado con yeso y con cal y la habían golpeado hasta hacerla parecida una pared. Para colmo de males, jamás en la historia de todas las brujas había existido una bruja albina. Había existido la época de oro de las brujas, en la cual ellas iban de la mano de los dioses y de Jesús y si hacían un canto podían volar. Había existido la época de plata de las brujas, cuando tenían muchos amantes y muchos maridos y la sociedad les dejaba convertir la piedra en plata y a los niños buenos en hermafroditas. Había existido la época de fuego de las brujas, cuando todas las personas del pueblo si veían a una la quemaban y festejaban alrededor de los huesos incinerados de la que ya no era nada, ni vida, ni bruja. Pero entre tantas historias, nunca había habido noticia de una bruja albina y, como si esto fuera poco, y ella ya no se sintiera sumamente solitaria, además vivía en pleno siglo XXI, en el que las personas creían en muchas cosas pero en brujas no. Los niños se mantenían enfebrecidos, distraídos y ocupados todo el tiempo mirando la pantalla de sus celulares, la computadora o el televisor. No tenían tiempo para tener miedo o para pensar. Era terrible. Terrible y angustiante, la vida de la albina bruja.


Durante buena parte de su existencia se sintió enferma y depresiva. Se repetía a sí misma que no quería ser bruja, que nadie deseaba casarse con una mujer albina con la cara que parecía una pared. Sentía que todos la miraban con desprecio aunque sin temor, y pensó que lo mejor era preparar la pócima eterna que acabaría con todos sus problemas y se la llevaría de paseo en escoba al más allá. Es decir: la bruja albina quería matarse. De nada servía preparar maleficios para convertir gatos en mujeres o mujeres en gatos o gente pobre en sirvientes generosos. De nada servía cocinar pócimas para que los niños tardaran siglos en nacer y se fueran de la panza de la madre a jugar al mundo de las orugas. Los seres humanos eran todos feos, lo sabían, y no les importaba o, si les importaba demasiado, juntaban dinero y se hacían una operación o se compraban ropa o escondían su verdadera cara. No había persona alguna que convocara sus servicios de bruja, y de nada había servido el aprendizaje y el legado de siglos y siglos. Estaba sola. Horriblemente sola. Triste y encerrada, sin contacto alguno por toda la eternidad.
El problema era que estaba totalmente prohibido por la ley de brujas oficial que las brujas prepararan pócimas para matarse. Ellas podían convertirse en planta, en escoba, en nieve, en mujer de la calle o en animal, pero no podían dejar de existir en el mundo. La muerte de una bruja, decía la ley oficial, debía ser igual a la de cualquier persona normal: una muerte provocada por los otros, o una muerte espontánea, determinada por el azar. Sucede que nuestra bruja albina se sentía tan sola, tan sola y tan triste, con tanta angustia y tanto dolor, que prometió hacer todo para encontrar la fórmula perdida y, de una vez, matarse. Luchó, investigó, probó de todo. Años, años. Muchos años.


Hasta que llegó un día muy especial. El techo de su morada siguió sucio y quieto, las telarañas siguieron pegoteadas en su mismo lugar, pero la puerta de la casa de la bruja albina se movió como si alguien la hubiese golpeado. No podía ser. No había forma. Esto era el siglo XXI, ella era una bruja innecesaria, nadie se preocuparía por visitarla en su hogar. La bruja siguió probando fórmulas y fórmulas sin distraer su atención. Inmediatamente, como si tuviese el diablo dentro, la puerta se movió otra vez. Se movió, se movió, se movió. Durante unos segundos, la bruja albina fue feliz: la puerta tenía un alma, alguien había encarnado en la puerta. La puerta tenía movimientos, personalidad. Ella, la bruja albina cuya cara parecía una pared golpeada, ya no estaría sola. Se acercó a abrazar a la puerta, agarró el picaporte como si fuese una mano, y bailó y saltó. Y fue de repente, por tanto movimiento, por su propia voluntad o por una extrañísima transformación, que la puerta se abrió y, detrás de ella, apareció un señor de barba muy parecido a la foto del mago Merlín. Dijo llamarse algo así como “Esteban”. Hablaba raro y muy mal, como si mientras hablara estuviese haciendo gárgaras de café. Detrás de la puerta y del señor de barba había muchos camiones y algunas cámaras filmadoras. Esteban explicó con su forma de hablar tan rara que era director de cine y pidió entrar. La bruja albina se sintió todavía más feliz. Sabía que el cine tenía que ver con la magia, que con las cámaras y otros aparatos el director podía convertir una cosa en algo mejor, que ninguna de las personas en el cine estaba sola y que además tenían una historia simpática para compartir y contar.
Pero las cosas no terminaron ahí.
Cuando el director le explicó que la necesitaba para hacer de bruja en una película infantil, apta para todo público y para el resto también, la bruja albina dejó de sentirse sola, bruja y miserable, y deseó como jamás había deseado aquello que, precisamente, tenía: el poder de ser la única bruja albina en pleno siglo XXI. Justamente, aquello que era. Ya nunca más estaría sola. Su vida entera de dolor estaba redimida. A partir de ahora, todo cobraba sentido. Tanto sufrimiento había valido la pena y había salido despedido lejos hacia atrás.


Esteban le explicó lentamente a la bruja albina lo que tenía que hacer. De los camiones salieron cámaras, máquinas y cables a más no poder. También decenas de personas mayores. No había niños ni animales, eso era raro. El director de la película le prometió a la bruja que los niños ya llegarían. Le repitió que la escena se filmaría en su casa y que lo mejor sería que ella se fuera a maquillar. Señaló hacia un camión negro con el techo de colores. Una señorita muy hermosa, con un cigarrillo largo en la mano y tatuajes en los hombros le dijo que entrara. Mientras la peinaba, la llenaba de polvos, le cambiaba el color del pelo y le probaba nuevas ropas, la bruja albina no dejaba de escuchar. La señorita del maquillaje hablaba mucho y parecía muy sabia. Usaba las palabras “belleza” y “arreglar” todo el tiempo. Se movía libremente por el espacio del camión como si fuese una libélula cantando, y le acariciaba el pelo albino con algo parecido al cariño maternal. Ya cerca del final, la bruja albina perdió un poco la timidez y se atrevió a decir que estaba muy ansiosa y que tenía miedo. La señorita del maquillaje tomó la mano temblorosa de la bruja, la agarró de la mandíbula y, luego de agacharse, le dijo: “Es mentira que las personas le tienen miedo a la muerte. No se le puede tener miedo a algo que uno no conoce y que solamente pasa una vez. Las personas sólo tienen miedo a estar solas. Y nunca en la historia del cine existieron personas solas”. Al principio la bruja albina no entendió. Después las palabras se movieron por su cabeza, su cuerpo, sus labios, la piel. Se dio cuenta que había recibido un conjuro.


La escena que había que filmar para la película tendría lugar dentro de la casa de la bruja albina. El director le explicó que tenía que entrar sola y esperar ahí y que cuando golpearan la puerta debía abrir, y no actuar ni nada parecido: solamente dejarse llevar. Le mostró cómo había cámaras en las ventanas, una en la chimenea puesta en visión vertical, una filmadora en el inodoro del baño y una camarita muy pequeña en la tapa colgante de una cacerola. Le sacaron unas fotos y luego vio que cada una de las personas se subía a su camión, el director se sentaba en una silla, y decía “a rodar”. Antes de entrar definitivamente a su casa, la bruja albina miró hacia atrás y buscó a la señorita del maquillaje. Pero no la encontró.
Se sentó en una silla de madera y, contemplando una de las telarañas, esperó sentada el momento decisivo, el momento final. Fueron sólo unos segundos que la bruja albina esperó. Luego escuchó que la calle entera se movía, como si un terremoto estuviera asolando la ciudad. E inmediatamente se escucharon infinidad de gritos. Miles y miles de gritos agudos, bulliciosos, inaguantables. Como el director le había indicado, escuchó que los gritos se acercaban, que el terremoto se dirigía a su casa y que eso que había detrás de la puerta comenzaba a golpear. La bruja albina estaba participando en una película. Algo único en la historia de las verdaderas brujas. Debía ser responsable, hacer un buen papel: representar algo que nadie nunca pudiese olvidar. Se levantó, se acomodó el pelo y, sin preguntar quién era, abrió la puerta. Cientos y cientos de cabezas de niños le sonreían de manera inocente, infantil y macabra. Detrás de ellos, elevado, sentado en una silla mecánica, daba instrucciones el director. La bruja albina no tuvo tiempo de mirarlo. Vio que cientos y cientos de niños entraban agolpadamente uno tras otro en la casa, se llevaban las cosas por delante, destrozaban el vidrio de la ventana, las cortinas, el marco de la puerta y la empezaban a rodear. Sintió que le rompían la ropa, la hacían caer, la daban vuelta y la arrastraban por el piso. Sintió que la boca de un niño le llenaba de saliva la oreja y que los otros le caminaban por encima con los pies descalzos, y que después otro se le prendía en la espalda, y uno le chupaba los pies. Fue entonces cuando la bruja albina apretó muy fuerte los puños, cerró los ojos, y con la boca en el suelo susurró todas las palabras hermosas.