viernes, julio 17, 2009

Los trabajos prácticos

Y mientras tanto, Pacman se convierte en un TP.
(Lean el ensayo de Casas sobre la voz extraña, que está en la misma hermosa página, por favor).

miércoles, julio 15, 2009

La historia de la bruja albina

La mayor parte de la gente piensa que le tiene miedo a muchas cosas, pero sobre todo a morirse. Eso es muy tonto, es equivocado y está mal. No se le puede tener miedo a algo que uno no conoce y que sabe que sólo puede pasar una vez. De ninguna manera. Se le tiene miedo a algo que más o menos ya se conoce y que bajo ninguna condición uno desea que se vuelva a repetir. Por eso es totalmente falso que las personas le tienen miedo a la muerte, y es absolutamente verdadero que tienen pánico a quedarse solas.
Ahora imagínense lo difícil que debe haber sido la vida de la bruja albina. Una vida horrible, imposible de vivir en paz. No sólo porque ella no era una bruja común y corriente, igual a las otras, sino porque además vivía en el siglo XXI, donde ya nadie creía en brujas, y todos los chicos se la pasaban mirando un monitor. Como si fuera poco, la bruja albina era albina, o sea, muy pálida y de pelo blanco, parecía que la cara se la habían rociado con yeso y con cal y la habían golpeado hasta hacerla parecida una pared. Para colmo de males, jamás en la historia de todas las brujas había existido una bruja albina. Había existido la época de oro de las brujas, en la cual ellas iban de la mano de los dioses y de Jesús y si hacían un canto podían volar. Había existido la época de plata de las brujas, cuando tenían muchos amantes y muchos maridos y la sociedad les dejaba convertir la piedra en plata y a los niños buenos en hermafroditas. Había existido la época de fuego de las brujas, cuando todas las personas del pueblo si veían a una la quemaban y festejaban alrededor de los huesos incinerados de la que ya no era nada, ni vida, ni bruja. Pero entre tantas historias, nunca había habido noticia de una bruja albina y, como si esto fuera poco, y ella ya no se sintiera sumamente solitaria, además vivía en pleno siglo XXI, en el que las personas creían en muchas cosas pero en brujas no. Los niños se mantenían enfebrecidos, distraídos y ocupados todo el tiempo mirando la pantalla de sus celulares, la computadora o el televisor. No tenían tiempo para tener miedo o para pensar. Era terrible. Terrible y angustiante, la vida de la albina bruja.


Durante buena parte de su existencia se sintió enferma y depresiva. Se repetía a sí misma que no quería ser bruja, que nadie deseaba casarse con una mujer albina con la cara que parecía una pared. Sentía que todos la miraban con desprecio aunque sin temor, y pensó que lo mejor era preparar la pócima eterna que acabaría con todos sus problemas y se la llevaría de paseo en escoba al más allá. Es decir: la bruja albina quería matarse. De nada servía preparar maleficios para convertir gatos en mujeres o mujeres en gatos o gente pobre en sirvientes generosos. De nada servía cocinar pócimas para que los niños tardaran siglos en nacer y se fueran de la panza de la madre a jugar al mundo de las orugas. Los seres humanos eran todos feos, lo sabían, y no les importaba o, si les importaba demasiado, juntaban dinero y se hacían una operación o se compraban ropa o escondían su verdadera cara. No había persona alguna que convocara sus servicios de bruja, y de nada había servido el aprendizaje y el legado de siglos y siglos. Estaba sola. Horriblemente sola. Triste y encerrada, sin contacto alguno por toda la eternidad.
El problema era que estaba totalmente prohibido por la ley de brujas oficial que las brujas prepararan pócimas para matarse. Ellas podían convertirse en planta, en escoba, en nieve, en mujer de la calle o en animal, pero no podían dejar de existir en el mundo. La muerte de una bruja, decía la ley oficial, debía ser igual a la de cualquier persona normal: una muerte provocada por los otros, o una muerte espontánea, determinada por el azar. Sucede que nuestra bruja albina se sentía tan sola, tan sola y tan triste, con tanta angustia y tanto dolor, que prometió hacer todo para encontrar la fórmula perdida y, de una vez, matarse. Luchó, investigó, probó de todo. Años, años. Muchos años.


Hasta que llegó un día muy especial. El techo de su morada siguió sucio y quieto, las telarañas siguieron pegoteadas en su mismo lugar, pero la puerta de la casa de la bruja albina se movió como si alguien la hubiese golpeado. No podía ser. No había forma. Esto era el siglo XXI, ella era una bruja innecesaria, nadie se preocuparía por visitarla en su hogar. La bruja siguió probando fórmulas y fórmulas sin distraer su atención. Inmediatamente, como si tuviese el diablo dentro, la puerta se movió otra vez. Se movió, se movió, se movió. Durante unos segundos, la bruja albina fue feliz: la puerta tenía un alma, alguien había encarnado en la puerta. La puerta tenía movimientos, personalidad. Ella, la bruja albina cuya cara parecía una pared golpeada, ya no estaría sola. Se acercó a abrazar a la puerta, agarró el picaporte como si fuese una mano, y bailó y saltó. Y fue de repente, por tanto movimiento, por su propia voluntad o por una extrañísima transformación, que la puerta se abrió y, detrás de ella, apareció un señor de barba muy parecido a la foto del mago Merlín. Dijo llamarse algo así como “Esteban”. Hablaba raro y muy mal, como si mientras hablara estuviese haciendo gárgaras de café. Detrás de la puerta y del señor de barba había muchos camiones y algunas cámaras filmadoras. Esteban explicó con su forma de hablar tan rara que era director de cine y pidió entrar. La bruja albina se sintió todavía más feliz. Sabía que el cine tenía que ver con la magia, que con las cámaras y otros aparatos el director podía convertir una cosa en algo mejor, que ninguna de las personas en el cine estaba sola y que además tenían una historia simpática para compartir y contar.
Pero las cosas no terminaron ahí.
Cuando el director le explicó que la necesitaba para hacer de bruja en una película infantil, apta para todo público y para el resto también, la bruja albina dejó de sentirse sola, bruja y miserable, y deseó como jamás había deseado aquello que, precisamente, tenía: el poder de ser la única bruja albina en pleno siglo XXI. Justamente, aquello que era. Ya nunca más estaría sola. Su vida entera de dolor estaba redimida. A partir de ahora, todo cobraba sentido. Tanto sufrimiento había valido la pena y había salido despedido lejos hacia atrás.


Esteban le explicó lentamente a la bruja albina lo que tenía que hacer. De los camiones salieron cámaras, máquinas y cables a más no poder. También decenas de personas mayores. No había niños ni animales, eso era raro. El director de la película le prometió a la bruja que los niños ya llegarían. Le repitió que la escena se filmaría en su casa y que lo mejor sería que ella se fuera a maquillar. Señaló hacia un camión negro con el techo de colores. Una señorita muy hermosa, con un cigarrillo largo en la mano y tatuajes en los hombros le dijo que entrara. Mientras la peinaba, la llenaba de polvos, le cambiaba el color del pelo y le probaba nuevas ropas, la bruja albina no dejaba de escuchar. La señorita del maquillaje hablaba mucho y parecía muy sabia. Usaba las palabras “belleza” y “arreglar” todo el tiempo. Se movía libremente por el espacio del camión como si fuese una libélula cantando, y le acariciaba el pelo albino con algo parecido al cariño maternal. Ya cerca del final, la bruja albina perdió un poco la timidez y se atrevió a decir que estaba muy ansiosa y que tenía miedo. La señorita del maquillaje tomó la mano temblorosa de la bruja, la agarró de la mandíbula y, luego de agacharse, le dijo: “Es mentira que las personas le tienen miedo a la muerte. No se le puede tener miedo a algo que uno no conoce y que solamente pasa una vez. Las personas sólo tienen miedo a estar solas. Y nunca en la historia del cine existieron personas solas”. Al principio la bruja albina no entendió. Después las palabras se movieron por su cabeza, su cuerpo, sus labios, la piel. Se dio cuenta que había recibido un conjuro.


La escena que había que filmar para la película tendría lugar dentro de la casa de la bruja albina. El director le explicó que tenía que entrar sola y esperar ahí y que cuando golpearan la puerta debía abrir, y no actuar ni nada parecido: solamente dejarse llevar. Le mostró cómo había cámaras en las ventanas, una en la chimenea puesta en visión vertical, una filmadora en el inodoro del baño y una camarita muy pequeña en la tapa colgante de una cacerola. Le sacaron unas fotos y luego vio que cada una de las personas se subía a su camión, el director se sentaba en una silla, y decía “a rodar”. Antes de entrar definitivamente a su casa, la bruja albina miró hacia atrás y buscó a la señorita del maquillaje. Pero no la encontró.
Se sentó en una silla de madera y, contemplando una de las telarañas, esperó sentada el momento decisivo, el momento final. Fueron sólo unos segundos que la bruja albina esperó. Luego escuchó que la calle entera se movía, como si un terremoto estuviera asolando la ciudad. E inmediatamente se escucharon infinidad de gritos. Miles y miles de gritos agudos, bulliciosos, inaguantables. Como el director le había indicado, escuchó que los gritos se acercaban, que el terremoto se dirigía a su casa y que eso que había detrás de la puerta comenzaba a golpear. La bruja albina estaba participando en una película. Algo único en la historia de las verdaderas brujas. Debía ser responsable, hacer un buen papel: representar algo que nadie nunca pudiese olvidar. Se levantó, se acomodó el pelo y, sin preguntar quién era, abrió la puerta. Cientos y cientos de cabezas de niños le sonreían de manera inocente, infantil y macabra. Detrás de ellos, elevado, sentado en una silla mecánica, daba instrucciones el director. La bruja albina no tuvo tiempo de mirarlo. Vio que cientos y cientos de niños entraban agolpadamente uno tras otro en la casa, se llevaban las cosas por delante, destrozaban el vidrio de la ventana, las cortinas, el marco de la puerta y la empezaban a rodear. Sintió que le rompían la ropa, la hacían caer, la daban vuelta y la arrastraban por el piso. Sintió que la boca de un niño le llenaba de saliva la oreja y que los otros le caminaban por encima con los pies descalzos, y que después otro se le prendía en la espalda, y uno le chupaba los pies. Fue entonces cuando la bruja albina apretó muy fuerte los puños, cerró los ojos, y con la boca en el suelo susurró todas las palabras hermosas.

lunes, julio 13, 2009

Salamone existe y Mariano Llinás es un genio


("Historias extraordinarias".
La película más ambiciosa que vi en mucho tiempo.
Acá, una buena entrevista con el director. Subrayar palabra "épica")

martes, julio 07, 2009

Junio 12

No hay grullas, y lo que llegan no son los días oscuros sino los días apagados. La canción de The Knife salvó la noche, el genio de Foster Wallace, el mediodía. Falta de madurez, dispersión. Si tocan el timbre, no abras. Si llaman por teléfono, no abras. Si suena una luz adentro tuyo, mirá bien. Si viene de afuera, no abras. Si viene de adentro, apagala, y aprendé a encenderla otra vez. Durante la noche, posibilidad de bailar. Fin de semana largo. Sensación no de descanso sino de pánico-horror. Queda poco para el 15. Habrá que inventar algo. Querido. Surfista. De hielo.

Junio 14

Dormir largo y tendido. No soñar nada. Abrirle a la resaca la puerta a las 8 de la mañana. Mirar "El sabor del té". Leer Stephen King, Kawabata, Mc Ewan. Pasear por el río. Crecen lejos las mentiras de papá. Ganas de que la soledad sea una sábana, que se extiende sola, y me cubre.


Junio 27

A la madrugada vi un documental sobre Bolaño. Estaba Lautaro (increíblemente, ese es el nombre del hijo), la esposa, Vila Matas, otro que era muy parecido a Bolaño pero más español y más feo, Villoro (insoportable), y Fresán (parecía un director de cine). Es verdad, Bolaño te da ganas de escribir. Contaban que le encantaba hablar con la gente, que quedaba fascinado con algunas personas, esto principalmente porque se la pasaba encerrado, exiliado en sí mismo, y porque cada persona era un mundo y sus historias, y él bebía de ese mundo y esas historias, aunque la palabra que usaban no era “beber” (...). Me levanté tarde y rezagado, me había quedado dormido junto a un libro de Vila Matas, no hay amor, pensé, qué me queda de esta noche y este invierno, si no hay amor.


Junio 29

Miré "Los guantes mágicos". Seguí bajando música. Terminé “Suicidios ejemplares”. Sentí que tenía 29 años y que eso era muy tarde, y que la enfermedad y la soledad más definitiva quedaban cada vez más cerca. Vi a padre, sin querer verlo. Se bajó de un auto rojo cuando yo iba a comer a la casa de abuela. Padre me preguntó cómo estaba. “Lejos”, me hubiese gustado decirle.


Mayo 7

Frío. Una imagen que resucita, vuelve tras de sí sobre otra imagen.
Días oscuros. Vendrán, los días oscuros.


lunes, junio 29, 2009

Pilas...

. Demasiado preocupado por leer bien a Baires, Lo Presti (apenas) lee a Córdoba.
. Murió Michael Jackson.
.
La presentación de la novela de Busqued fue divertidísima. Imágenes que quedaron: Busqued tomando whisky. Diciendo “uh, me tomé todo”. “Avisenmé si me empiezo a repetir”. O: “estaría buenísima una presentación junto a Alan Pauls (sonrisa sardónica). O “escribo sobre lo que conozco”. O “ahora estoy leyendo sobre extraterrestres” (reformulación indirecta de “escribir sobre lo que uno conoce”). Otra imagen: el video de una mujer vestida de maniquí usando de consolador una cinta de correr. Una nena mirando para arriba y para abajo.
. Aprendí a jugar al squash. Jugar con hermana mayor en la calle es más barato pero menos inglés.
. Cine: Los guantes mágicos + Up + Capturando a los Friedman. Vea las tres. No elija ninguna.
.
Leer poemas de María Reineri. Pensar la frase: “Se me ve el corazón”.
. Murió Michael Jackson. Carver también. Joseph Roth, ídem. Foster Wallace, Ídem. Bolaño, ídem. Capote, también.
. Prendo velas para C: ojalá haya dejado embarazada a su neozelandesa
.
Taller de escritura va muy bien. Vino Lamberti. Sensación de hogar. El frío está afuera, los miércoles me esquiva. Cuando llega, ya es tarde.
. “La soledad es imposible, porque está poblada de fantasmas
”.

. Agregado de último momento: Los ojos de Frankestein en la isla de Dublin.

martes, junio 23, 2009

La primera novia de Alain Delon


Padre espera solo en una casa abandonada
la oportunidad de crecer,
hermana menor masca chicle globo
sentada contra su propia tumba.
Mamá colecciona fotografías en blanco y negro
de Mick Jagger y Alain Delon
le cuenta al último de sus hijos
el amor que sentía por todos los demás,
menos por las sombras del padre de él,
dormidas una encima de la otra

en un álbum de fotos que nadie vio
y del que ya no salen.
El primer recuerdo que recuerdo
es el de un tractor
rompiendo todos los árboles de un bosque
los eucaliptos y nogales
del patio de atrás, la casa de mi abuelo
donde estaba la pileta, hojas y duraznos sucios,

el fierro contra el que me golpeé
para abrir más tarde los ojos.
Pero nunca hubo tal bosque, nunca hubo
tales eucaliptos, como mucho
el abuelo tenía una seguridad instintiva
energía desbordante que usaba
para colocar sus casas en alquiler, recoger las frutas
que caían del árbol, servirlas en las manos de la abuela,
preparar milanesas, revolver la compota
levantarme del suelo, limpiarme la frente,

hacerme olvidar, hasta que un día murió
y las casas se siguieron alquilando solas
como si hospedaran a un territorio de fantasmas:
los agentes de la niebla.
Los árboles se mueven al compás de cualquier viento.
La abuela tiene paranoia del sonido de su propio corazón,
no hay naranjas, piletas, compotas o duraznos;

papá espera solo en una casa abandonada
la oportunidad de crecer.
Desde ahí, justo desde esa ventana
una tarde vi un par de palomas
asentadas sobre la punta exacta de un pino,
el viento movía la punta y las palomas iban de acá para allá
casi pegadas a la punta flexible del árbol.
Puse el dedo en la ventana. En el centro del corazón
de las palomas.
Y pensé que eso significaba algo.

Que eso indicaba algo,
tal vez que había y no había separación.
Anhelo de destrucción, semilla de felicidad,
un fierro que me golpea la cara,

un tractor inexistente que se lleva por delante
lo mejor, lo que olvidaste de las cosas
lo que se perdió, lo que tanto habías deseado
y un cuerpo sentado en tu sombra, se confunde con vos,
se borra, desaparece.
Por lo pronto madre mira el teléfono celular
su mirada explota en el vacío

hermana tira el chicle globo
deja el mármol de su tumba
y estudia turismo, deja de estudiar turismo
estudia educación física, deja de estudiar educación física
termina la primaria, deja de asistir al jardín
y del viento que limpia los nogales,
los eucaliptos y los árboles del fondo
cae una figura coleccionable
de Alain Delon, duraznos en compota
una nuez abierta. Mi madre cierra el álbum,

lo esconde
tiene todo su amor para darle
realmente tiene todo su amor para darle,
dice, “tengo todo su amor para darle”,
y la boca se le sale de la cara, como si fuera
uno de los pájaros despidiéndose del pino
y el pino los sigue, por eso digo,
crecen lejos, allá van.

martes, junio 16, 2009

"El viento hace trizas el tiempo / El día se ha vuelto oscuro / para volverse a aclarar / para ser otro día / Mi larga espera no puede ser siempre / El amor tiene que estar aquí... / no a cien leguas a la redonda".

"¿Acaso el verdadero sentido de mi vida no es más que experimentar cuanto menos dolor posible, y cuanto más placer posible? Está claro que mi conducta parece indicar que esto es lo que creo, por lo menos durante gran parte del tiempo. Pero: ¿acaso no se trata de una forma egoísta de vivir? Ya no digamos `egoísta´: ¿Acaso no es una forma de vida espantosamente solitaria?".

"Pienso en mis gatos y los quiero. Pienso en mi juventud, y ya no me importa".


(Axl Rose, antes del todo.
Acá, pequeños, más fotos para jugar).

jueves, junio 04, 2009

Ingam, el tercer corazón
(fragmento)

I

Tiempo atrás, en la casa de la montaña, vivía un chico al que le rompí el corazón. Le dije lo que tenía que decirle y salí corriendo. Las ramas de los árboles, los tréboles de cuatro hojas y las flores sin nombre saltaban alrededor y quedaban atrás. Me caí un par de veces, golpeé mis piernas, me rasguñé manos y rodillas. Para cortar camino salté la tapia de la Señora Dolores, esquivé a su sobrino, al lavarropas oxidado que cuando jugábamos con el chico al que le rompí el corazón hacía de robot, atravesé el jardín y a una sábana colgada en el tendedero la llené de mí. Escuché que la Señora Dolores me gritaba. Sin dejar de correr, giré la cabeza y la saludé haciendo un gesto insultante con un dedo. El mismo gesto que tantas veces le había hecho al chico a quien le rompí el corazón. Cuando hacía eso, él se reía. Y escucharlo reír me daban ganas de quedar. Se llamaba Santos. Y tenía tres corazones. Nos tirábamos en el pasto que rodeaba la casa en la montaña. Él sacaba leche, bolsas y papeles de una cesta, yo me tiraba, me levantaba la pollera un poco porque me daba calor, y le empezaba a contar. Siempre tenía muchas cosas que contarle al chico al que le rompí el corazón. Él preparaba las cosas, ponía todo en orden, y luego achicaba los ojos, como si al hacer eso, realmente, me estuviese escuchando. Entonces yo le preguntaba de quién estaba contando qué. Y él me respondía. A veces, Santos respondía de manera errónea para jugar; algunas otras, respondía mal porque estaba distraído. Me decía: “Son muchas personas en tu familia”. “Y siempre aparecen más”. Y agarraba palitos de árbol, y se ponía a dibujar un árbol genealógico en la tierra. Había tardes en que tenía que sacarme completamente la pollera, porque hacía mucho calor, y porque Santos ya no me escuchaba, sólo levantaba la vista de la tierra para preguntarme si el dibujo iba bien. Incluso la Señora Dolores era parte de mi familia. Venía a ser algo así como una tía muy lejana que ya no reconocía o no le daba importancia al vínculo. Cuando vio el gesto que le hice con el dedo, intentó correr detrás de mí, pero apenas pudo hacer un trecho, y se apoyó, agotada, en el lavarropas. Suficientemente lejos, ya segura, frené y me la quedé observando. “Ahora”, me decía. “Ahora”, “Ahora”. Y lo que tenía que suceder sucedió. El lavarropas que con Santos usábamos de robot tenía una pata quebrada. La pata cedió, la espalda de la señora Dolores cedió, el cuerpo cedió, el piso permaneció duro y quieto. Me di cuenta que probablemente ella o cualquier otro me seguiría. No había tiempo que perder. Di media vuelta, salí corriendo cuesta abajo. Santos tenía tres corazones. Tiempo atrás, en la casa de la montaña, vivía el chico al que le rompí el corazón.


II

Tiempo atrás llegó al pueblo un hombre soltero que no tenía nada que ver con mi familia, y con los enormes brazos que salían de ella y ya no sabíamos dónde iban a parar. Pero este hombre era soltero, tenía un apellido muy raro y, por más que lo intentamos, no encontramos relación. Definitivamente, el hombre no tenía parentesco alguno con nosotros. Se lo conté a Marga, y ella empezó a buscar en un cajón la lista con los teléfonos de gente que apenas había pasado por el pueblo. La sombra de Emiliana apareció recortada en la puerta, y después Emiliana, detrás. En esa época tenía tres años y le habíamos regalado un triciclo. Después le regalaríamos una bicicleta, una moto, e incluso le permitiría usar el auto y el tractor. Y siempre haría algo especial, como aquella vez lo hizo con el triciclo. Emiliana, el cuerpo apoyado en la puerta, y una luz rara en el rostro. Como si estuviese encendiendo un cigarrillo con los ojos, recogiendo fuerzas y cuidándolas para luego hacer algo. Que fue precisamente lo que hizo. Marga levantó la vista del álbum de fotos, recorrió con la mirada y las manos papeles, papeles, y más papeles. Cada vez de un color más tenue en las hojas, parecía como si la oscuridad estuviese cayendo (lo que era cierto) y el desgaste en el color de un papel señalara, cada vez, más lejos, más atrás. El vestido que le había puesto Marga a Emiliana esa mañana era casi del mismo color que uno de los papeles que vi pasar. “Ya van tres horas”, le dije a Marga. “Tres horas desde la última vez que vimos a Emiliana... ¿Te acordás? Se quedó apoyada contra la puerta”. Marga levantó la vista y la dirigió hacia mí y me hizo un agujero. Entendí lo que había que entender. Salí a buscarla. No la encontraba, tampoco al triciclo. Tiempo después le regalaría una bicicleta, y Emiliana haría algo parecido a lo que hizo aquella vez. Y más tarde le compraríamos una moto y veríamos eso, y ya nadie lo podría olvidar: Emiliana, con 15 años, atravesando casi desnuda una plantación. Los brazos en alto. La moto a toda velocidad y, Emiliana que, de repente, tropieza, sube, cae, rebota, desaparece. Tiempo atrás llegó al pueblo un hombre soltero que no perteneció, y no pertenecería, a mi familia. Había escuchado que vivíamos en una especie de laberinto, un laberinto o madeja que estaba ahí pero que nadie quería ver. Lo cual era cierto, visto desde la perspectiva de las ramas de nuestro árbol genealógico. El hombre tenía un hijo. Su hijo, tres corazones.


III

Tengo tres corazones y uno quedó roto. Después crecí, pero por una época me quedé escondido con mi padre (que estaba muy enfermo) en un pueblo que era conocido por ser un laberinto, aunque a primera, a segunda y a tercera vista no era un laberinto sino una pequeña población de no más de treinta casas. Allí conocí a Emiliana, principalmente porque no se podía no conocer a Emiliana. Se la pasaba corriendo por el pueblo, el verde, el marrón, las máquinas, los trabajadores y el monte de acá para allá. Usaba ropa en combinaciones muy raras, e incluso a veces se vestía como un varón. Le encantaba dejarse el pelo largo y cortárselo con una pala. Una vez le quedó tan horrible que el padre la obligó a cortárselo más corto. Emiliana lloraba sin parar, el pelo, verdaderamente, le había quedado horrible. Nos escondimos detrás de un lavarropas: me pidió que la ayudara y se quitó absolutamente todo el cabello. Emiliana, rapada, vestida como un varón, corriendo de allá para acá. Mi padre apenas si salía de la casa, sólo para hacer compras y buscar el dinero que su madre semanalmente le enviaba. Me gritaba desde la cama y la oscuridad en las que estaba tapado: “No quiero que juegues con esa chica”. “No quiero que te acerques, no quiero que juegues con esa chica”. Lo que me pedía era algo que de ninguna manera se podía hacer. Emiliana corría, podía llegar hacia el lugar que quisiera, podía irse y regresar del lugar que quisiera, corría y corría. Ella elegía dónde y cuándo parar. Y podía llegar tan lejos como deseara. Como aquella vez del triciclo. Yo tenía tres corazones y uno quedó roto, y lo llamé “Emiliana”. Mi padre estaba enfermo, recluido para siempre en un pueblo que los extranjeros veían como un laberinto, escondido en una cama, en una habitación, en la oscuridad. Con el tiempo, se borraron de la cama la sombra y la vida y los consejos de mi padre. Dejé el pueblo para no volver. Recordaba aquellas tardes, el pelo, la madeja de pelos, las historias, el cuerpo en movimiento, botellas de leche, una sábana manchada, pies, una nube de tierra, voces y gritos en el pueblo. El nombre del pueblo era Ingam. Llamé a mi segundo corazón con el nombre de mi padre. Mi primer corazón estaba roto, se llamaba “Emiliana”.

martes, mayo 26, 2009

+ otros regalos...


Y sumados a las fotos de casa que pasaron y a las fotos que vendrán, y a los regalos y a todo eso que sucece ese día tan equivocado (que esta vez no lo fue), dos relatos más para la sección "Lee esto antes que tus ojos se quemen en google o en una librería".

Primero, el relato perfecto de Paul Mallard (mejicano), sobre un chico que se quiere acostar con una chica en un bote, porque quiere crecer, entonces, puercoespines... (para ello, entren al link y busquen el relato "la sal").

Segundo, de más fácil acceso, el cuento "ojos brillantes", del israelí Etgar Keret. Un hada que no es hada, un chico mugriento, el sol, el agua, los ojos, lo que puede significar el simple brillo de unos ojos.
Sigan en pie. Disfrútenlos y duerman.

domingo, mayo 24, 2009

Fotos de casa (I: día)
















(y pájaros volando en el regador)

lunes, mayo 18, 2009

Abril 6

El medidor de tensión sigue en rojo. Eso quiere decir que en cualquier momento la compu explota como un coyote y yo me pongo a llorar. El monitor acaba de empezar a hacer un silbido preocupante. Parece que se prendió en esta movida de “casi explotar”. Si Juan Cruz estuviera en casa, le preguntaría que se puede hacer (…) Vendrían amazonas salvajes, una de ellas me haría compañía, me acariciaría como si fuera un gato y yo imitaría el silbido que hacen las cosas cuando están por explotar, que es sólo un silbido, porque aunque parece que las cosas explotan, sólo hacen luces y después queda todo oscuro.
Increíble la cantidad de líneas que pueden escribirse sin hablar de nada.
Atrás, en el equipo de música, una radio que en los comerciales repite “rock”, todo el tiempo (y a esta altura votaría a “rock” para presidente) y pasa temas de pink floyd. Solo en Córdoba, la soledad que siento es distinta, como si no fuera la misma de acuerdo a la habitación, como si determinada habitación, determinado barrio, cambiaran mis formas de vida (…).
Cuánta metafísica.
Digo que se siente distinto estar solo porque se siente terrible. Todo el tiempo tengo ganas de estar casado y que mi novia me amamante. Ayer llamé dos veces a casa familiar. Algo inédito. Tenía ganas de hablar más tiempo, extraño horrores a mi hermana menor, y horrores a mis gatos (ayer, cuando vi a un gato cualquiera, tuve la sensación mental de que acariciaba a uno de los míos, que lo tenía cerca, que era otro, en otro lugar distinto).
Bueno, fin.
Ahora suena otra canción.
El medidor de tensión sigue en rojo. Pero no explota, alado sea el nenito de los cables.
Extraño a Brenda.
Quiero jugar a las cartas con ella y con dios.


Abril 11

Sacamos la arena del porsche. ¿Se dice así? ¿“Porsche”, como el auto? En fin. Ahora hay un vacío cuadrado donde me encantaría poner a un duende. Pero a un duende se lo roban en 15 minutos. ¿Se robarían a tu duende en 15 minutos? ¿Quién mierda quiere un “duende”, para su “porsche”? ¿Ah!? En fin... La arena del fondo quedó en una montaña, contra la pared del patio/jardín. Parece un volcán. Le quise hacer un par de ojos con la escoba pero, obvio, se deshacía. Se va a llamar “Sr. Volcán”. El agua lo va a mojar y el viento y el sol lo van a secar, y pierda lo que pierda va a seguir ahí. Y no se lo pueden robar, porque es de arena. Nadie puede robar las cosas de arena (…).
A la noche, ayer, asado. 12 personas en total. Me sentía Mirtha, o Susana cenándose a Mirtha (…). Monsalvo contó tres mil quinientas historias, una mejor que la otra. Gente robando corderos, gente robando un auto alemán, un gaucho que gana la quiniela, el ayudante de un panadero cogiéndose a un tal Juanchi (vino en mano) en la última casa del pueblo, un tren con salame y una damajuana, y no sé cuántas más, todas montadas una encima de la otra hasta hacer un mapa lleno de duendes. Me acosté a leer y, cuando al rato se fueron todos, me puse a ordenar la casa. Sr. Volcán tenía un aire de olor a pis, la cara media ladeada.


Mayo 10

Los muebles hacen ruido todo el tiempo. Suena como si apretaras una botella de plástico vacía y la dejaras llenarse de aire y el aire inflara los agujeros. La casa debe tener fantasmas. Y a los fantasmas no les debo caer bien (…). A las 10 me despertaron unos testigos de Jehová. No les abrí la puerta, hablaban del futuro, de la esperanza. Me dejaron un folleto. Con una imagen central increíble. Gente de todo color y etnia festejando alrededor de una tumba. Una de ellas abraza a un hombre, como si hubiese encontrado la felicidad, la paz, como si el rencor y la venganza de los fantasmas hubiesen decidido dejarla inmune. A esa mujer los ojos se le salen de la cara. Parecen abstraídos, desorbitados, quitados del cuerpo de un muerto y puestos de nuevo, en ese gesto tan exagerado, ahí. Corto la imagen de la revista y la pego en uno de los muebles. A ver cómo se las arreglan ahora los fantasmas para hacer ruido.
Después, música y agua brotando a más no poder.


Mayo 12

Escucho una canción de Album Leaf. Me gusta mucho Album Leaf. Es la banda que me hacía falta encontrar. Mezcla de posrock, Arcade Fire y Balmorhea. Una canción repite “Y ahora estás acá”, o algo así. Bueno. Ahora no estás acá. Escucho esa canción de Album Leaf. Mi corazón hace pesas.

domingo, mayo 17, 2009

¿Se levanta y tiene ganas de patear pingüinos?
¿No entiende cómo son las cosas y, como si fuera poco, tampoco entiende cómo se siente porqué?
¿Ha encallado su barco? ¿No tiene barco? ¿Los pingüinos son impateables, el hielo, patinoso? ¿Lenta helada en el alma?
Luz. Luz y más luz. Así deben de sentirse las grandes y buenas cosas.
Recordar eso.

Despertar.

lunes, mayo 11, 2009

"Siempre nos damos cuenta de una cosa cuando ya no hay remedio"

"Cada cual posee un hada que le tiene reservado un deseo por cumplir. Sin embargo, son pocos los que recuerdan el deseo que expresaran algún día. Y son pocos los que, más tarde, reconocen que se ha cumplido".

"Clara, inescalable, al frente, se alza la montaña de En-Lugar-De".

(foto de Boop, que anduvo de viaje por el fin del mundo -un lugar donde me gustaría detenerme para escribir- y trajo postales. Ésta, acerca de la obra de Verónica "castores" Gómez)

domingo, mayo 03, 2009

Buenaventura y el fantasma
(fragmento)


El Seminario se encuentra justo enfrente de la plaza del oso y del Shopping. Aunque bien podría decirse que son el Shopping y la plaza del oso los que fueron levantados frente al Seminario. O quizás primero fue construida la plaza, después trajeron el oso (que no es más que una escultura erróneamente local, que no tiene nada que ver con la plaza), luego construyeron el Seminario, y más tarde, hace poco, el Shopping. ¿Y las calles? ¿En qué momento de esa distribución fueron trazadas y llenadas de asfalto las calles? ¿Siempre fueron así, algunas angostas, las otras dos, avenidas anchas? ¿Siempre fueron así, o entre la mente del urbanista y el proceso de construcción una calle fue a parar a otro lado, porque estaba el Seminario, y luego estaría la plaza y el Shopping, y esa calle angosta no podía ser construida ahí?


Los padres de Buenaventura llegan por la avenida en su Falcon fucsia, un auto que Mario mantiene obsesivamente cuidado: sin un rasguño; sin problemas visibles en el movimiento de la máquina, ningún desperfecto audible en el funcionamiento del motor. Rosana será la última en salir. Helenita abre la puerta de atrás y se queda parada al lado del padre, en la vereda paralela a la vereda en la que se levanta una puerta marrón enorme y una construcción gigante, llena de pequeñas ventanas. Mario procede a retirar las cosas que están guardadas en el baúl y a desatar los muebles firmemente atados sobre el techo. Rosana espera quieta dentro del Falcon fucsia. Helenita mira las ventanas de la fachada del Seminario hasta que cree que las ha terminado de contar.


En el sueño Buenaventura nada en el río junto a sus compañeros de promoción. ¿Qué están: en segundo, tercer año? En ese sueño, Buenaventura nada en el río junto a sus compañeros de promoción: el agua permanece calma, casi pura, todos salen y se tiran rendidos en la arena. Algunas se abrazan a algunos, otros corren, todos dejan broncearse su cuerpo, se muestran felices, satisfechos, robustos y sanos. Buenaventura se siente sumamente flaco, no se anima a salir del agua.
Cada vez que tiene ese tipo de sueños, cuando se levanta junta las dos manos y reza. No sabe hace cuánto une las manos y reza, pero sabe que eso lo ayuda a sacarse la sensación dejada por el sueño, sabe que eso lo ayuda a calmar.


Buenaventura no puede explicar desde cuándo, ni cómo, lo cierto es que en menos de un año sus actividades se dividen en: asistir al colegio, asistir a las reuniones de la parroquia, armar partidos de fútbol, andar en bicicleta, intentar aprobar Matemática Financiera, rezar todas las noches e ir a misa. Cuando llega fin de año le quedan dos materias que rendir (Sistema Bancario y Financiera) y bastante tiempo sin nada que hacer. Sin saber porqué, ni cómo, decide que necesita una moto, que urgentemente necesita una moto, aunque sabe perfectamente que sus padres no se la van a regalar (“es demasiado cara”, diría razonablemente Mario, respecto a ésa o a cualquier otra cosa). Buenaventura busca en los clasificados del diario local y encuentra muchísimos trabajos para promotoras y casi ninguno para él. Eso lo deprime un poco. Por la noche intenta dormir, aunque no puede dejar de repetirse que quiere, que necesita una moto. No aspiro a demasiado, se dice. Un ciclomotor. Una Zanella.


El viernes a la noche el grupo masculino de la promoción se encuentra en el centro antes de ir a bailar. Son muchos y cuesta ponerse de acuerdo. Por mayoría absoluta deciden ir a comer pizzas (porque es lo más fácil y barato). Se sientan en un local de 2 X 1. Buscan sillas de plástico y las colocan alrededor de cuatro mesitas cuadradas puestas una al lado de la otra. Mientras le pide una silla más al dueño (las otras están ocupadas por la clientela del local), Buenaventura ve que contra el vidrio de la pizzería hay un cartel pegado: “Busco delivery”, lee.
Buenaventura se ofrece para el puesto. Lo obtiene, ni siquiera le preguntan la edad. Trabaja unos meses y se compra la moto. Luego terminará la secundaria, trabajará en un restaurant, probará estudiando dos carreras, hasta resolver que nada de eso es lo suyo. Durante todo ese tiempo ha asistido con regularidad a misa y a la parroquia. Decide hacerse delivery del mensaje de dios...


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- Este cuento pertenece al libro que estoy armando. Ya tiene seis cuentos.
Uno de ellos sobre la Sra. Klose, que es una viuda que se enamora de una chica que conoce en la pileta del club. Otro sobre un tal Marquitos Verde, que es un nene que decide que quiere ser corredor, y una tarde lluviosa le hace una carretita a su prima, y entonces, eso.
Otro donde no pasa casi nada, sólo un personaje que está mirando dos senderos en la montaña que se levanta cerca de su casa, esperando que las cosas cambien (pero las cosas, probablemente, no cambian). Un cuarto que es el de Tío Máximo, que salió en la antología “Es lo que hay” (tío Máximo haría una pareja casi perfecta con la Sra. Klose). Otro que es sobre un viaje en auto al Observatorio que una vez hice, y a la vez sobre dos nenas que pudieron ser mis hijas pero que se fueron corriendo hasta desaparecer.
Y éste, de Buenaventura, que es lento y pausado, y que en la mitad tiene peces de colores metidos en una fuente rara de agua y una parábola sobre la existencia de dios hecha con cowboys. Me quedan dos. El séptimo, sobre Nurit (una promotora). Y el octavo: no sé todavía, me está creciendo adentro.

El cuento de Buenaventura es bastante largo, no da para ponerlo entero.
Que tengan lindo semana y que los golpeen la oscuridad y la luz . -



(Y de yapa, una foto de Olaf Breuning. Si quieren más, entran acá y pispean)

Me reconcilio con las fotos encima de la mesa



Por otra parte, ya va un mes de taller de escritura en casa 13. Tenía bastante pánico, pero no había razón. Se está formando un lindo grupo. Y me hacen soñar cosas. Los pitufos desesperados buscando a pitufina en el bosque, el angelito de casa 13, quieto, a la vez conciente y acalambrado, un padre que está llegando a la casa familiar con regalo para esposa, entonces se tropieza y desaparece, un patio que es dos patios (el segundo, secreto). Y más: una chica que toma un taxi y que se encuentra con que el chofer es Cacho Buenaventura, los pies de Amelia, en una fiesta -luego en el desierto-, un gordo saltando feliz arriba de los cables de luz; una gillete, incrustada en el medio de un tobogán, una nena hermosa que se lanza, y todos vemos…
Gerardo, que escribe sobre Mirtha y Susana, una de ellas sin brazos, perdidas y anónimas en un callejón (entonces planean robar una silla), y que cuando les leo el poema de los mirlos de Wallace Stevens, dice “era como abrir la ducha y que no pararan de salir mirlos”.

Y entonces empieza mayo.
Me reconcilio con mis fotos, encima de la mesa.

jueves, abril 23, 2009

Pluma va y viene, recuerda la mitad de cada cosa


Bueno. Te voy a contar por décima vez
la historia de la civilización. Bisabuelo llegó
en un tren venido desde no sé dónde y abuela
cocinaba carlitos mientras insultaba a la televisión
y hablaba de un antepasado que se hacía pis.
¿Cuál era el nombre de ese antepasado,
cómo hacía, los carlitos, la abuela y
por qué no me dejás
cruzar el río cargándote en mi espalda?
Padre descansa recostado contra su propia tumba
no quiere ser otra persona, no quiere acabar,
con cuidado cargábamos los muebles
como si se tratara de pianos, pateábamos los restos
de los restos de las cosas, un verano de 1993.
Y tocamos el timbre de la vieja Sonia:
salió un anciano, que se golpeaba la cara con un bastón
hasta borrarla,
salió un perro, que masticaría los ojos de mi primer gato
lo vi entrar, juro que lo vi entrar
cargaba con un río de sangre y la mirada partida
y qué quedó de mí, los colores
de fondo la lluvia, la repetición de un nombre,
la búsqueda de la resurrección,
qué quedó de mí, no quiere ser otra persona,
no quiere acabar. Paz
en la panza de pequeña hermana, amor y reposo
ante cada pequeño nacimiento
el cariño como un secreto de la respiración
y aquel monstruo que crecía arriba de mi estómago
haciéndole señas de fuego a los agentes de la niebla.
Crecen, siempre crecen los agentes de la niebla.
Crecen, siempre crece, la historia de la civilización.
Y bueno, llegaría hasta ahí, pero falta
la otra rama del poema:
bisabuela vivía entre las ruinas blancas
de un castillo español y abuelo contaba anécdotas
acerca de sus diez hermanos,
cuenta cómo uno tras otro van muriendo
y mira fotos mientras ralla pan para milanesas
las lanza contra la ventana, cada foto es un segundo de cristal
desviado de sí mismo, madre se tiñe el pelo por
enésima vez, hasta llegar a los cuarenta y nueve años
y expulsar a la sombra de mi padre
de la sombra de los restos del hogar;
prometo no dejarte caer en la parte pedregosa del río
prometo no tirarte en la cascada sin antes
haber aprendido a hacerla correr al revés,
¿por qué no me dejás seguir llevándote
cargada en mis espaldas, y qué significa
ese viento, que sopla por mis hombros,
mis cabellos, mi columna, mi cerebro,
ese viento que me empuja, te lleva y desaparece
pluma va y viene,
recuerda la mitad de cada cosa,
qué sucederá con el futuro
los antepasados, ese niño?

lunes, abril 20, 2009

Hay más

(Este jueves 23. 19:30 hs. CCEC)

lunes, abril 13, 2009

Haroldo Dahl-Gudnattorir de O´Connor



Se vienen dos invitaciones. No: tres. Y después vuelven el diario, los poemas, y los cuentos. Mientras tanto, tres nuevas narraciones para la sección “todo lo que usted tiene que leer, sino se muere”.



domingo, abril 12, 2009

Un historietista y tres guardianes del jardín

Bueno. Me mudé.
En la nueva casa pusimos una cama en el patio, una cama desde donde se ve un fragmento de cielo, la puerta del jardín. Va y viene el aire.
Mucho aire. Y el jardín crece. Tiene dos guardianes construidos de palo y ladrillo: Wall-E, y Well-E. Y el otro día llevamos la arena que sobraba en un rincón del fondo, y así nació el Sr. Volcán. Al señor Volcán como es de arena no se lo puede llevar nadie, ni siquiera el viento. Y a Wall-E y Well-E les cuento historias como si detrás de ellos se escondiera mi hermana. El viernes santo, tirado en la cama de afuera, encontré una historieta que compró Juan Cruz. La leí. De cabo a rabo, no podía parar. En su momento me gustó mucho Liniers, sigo teniendo entre mis preferidos a Lucas Varela. Y ahora, en ese libro de historietas, vi crecer el delirio de Gustavo Sala. Acá, a quienes no lo conocen, les dejo una de las suyas, y el link.

lunes, abril 06, 2009

Se vienen las antologías jóvenes, I



viernes, abril 03, 2009

Febrero 10

Hoy a las cuatro y media la policía vino a buscar a padre, a pedido de madre, por vía judicial (...). Padre temblaba mientras se llevaba la ropa. Me pidió que lo ayude, yo temblaba, pero menos, casi no se me notaba, lo ocultaba bien. El policía era grande como una heladera, y en un momento hizo una pregunta impertinente y estúpida sobre uno de los objetos de la casa, que está pegado al lado de la puerta de entrada, contra una pared. Es un barómetro que no funciona. Uno de mis objetos preferidos cuando, hará trece o catorce años, nos mudamos a esta casa. Caminé delante de padre con sus cosas, él venía muy despacio, tenía demasiadas personalidades que arrastrar. Lo intenté ayudar a acomodarse en la casa de mi tía (su hermana, una mujer absolutamente desquiciada, que habla sola y se esconde de las paredes), le dije alguna estupidez que no serviría para nada. Sé que si madre llegó a esto es porque la situación no daba para más. Sé que hace mucho que las cosas deberían haber llegado a algo parecido a esto. Pero me hubiese gustado ver si padre iba a hacer lo que me había prometido o si me estaba mintiendo otra vez. Ahora resulta imposible de saber. Quería hacer mi tesis en paz. No escribo más porque me voy a un asado a Cba. para tratar de salirme un poco de todo esto. Ojalá que el policía se acuerde para siempre de nuestro barómetro.


Febrero 18

De vuelta en casa. Muchísimo calor. Llevé a hermana menor a Cuesta Blanca. El agua estaba helada, nos metimos un par de veces. A hermana le costaba nadar croll, abría los brazos como si fuera una foca con implantes, y nunca se metía en lo hondo. De a poco fue tomando confianza, después yo quería salir porque temblaba y sin embargo ella pedía entrar una y otra vez. “No hace frío”, decía. “No hace frío, vení a lo hondo”. Yo tenía la piel de tres gallinas. Hubo dos imágenes tranquilas e impactantes: la forma en que caía la arena cuando la tirábamos desde una piedra alta curvada. Si tirábamos mucha parecía como si toda una playa se viniera; si tirábamos poca, apenas un hilillo, se veía un río marrón claro, un mechón de pelo rubio rizado que fluía a una velocidad estrambótica hacia abajo por la piedra gris. La otra imagen es la de un nene de malla verde jugando con un cuzco negro en el río. Corría de acá para allá por la parte baja, y el perro, que estaba encima de las piedras, iba y venía igual que él, le ladraba, corría histérico y desesperado, amagaba meterse al agua y empezaba a ladrar. Cuando estuvo cerca (quizás porque tenía ganas de jugar con mi hermana, que parecía de su misma edad), el chico nos dijo que se llamaba Ignacio. Lo miré bien a los ojos. Un buen rato. Unos ojos divertidos, brillaban. Había algo raro. Brillaban, claro. Pero algo más. Le dijimos nuestros nombres, se quedó un rato cerca nuestro, después se fue corriendo otra vez, por toda la parte del río donde el agua estaba baja, de acá para allá. Mientras corría movía los brazos como si fuera un avión de papel. Mi hermana me preguntó si Ignacio era bizco.


Marzo 24

Hoy fue el recital de Radiohead. Hoy fui a visitar a padre. Llegó mi tía, que vive con él. Se quejaba de que la amiga la había echado de la casa, que siempre la usa sólo cuando tiene plata (mi tía cobra una pensión por discapacidad). Escucho la misma queja de mi tía desde lejos en el tiempo. Es un personaje para Herzog, a él le encantaría. A mí también. Me da lástima, una sensación de inhumanidad blanca, algo de miedo, hartazgo y humor. Padre comía y yo miraba un rato la tele, y un rato a él. Me empezó a contar de una amiga, profesora de filosofía y amante, como mi tía, de las plantas (y de la soledad y de la locura, probablemente); dijo que esa amiga había leído mi libro y que estaba encantada. Que recién entonces él lo leyó. Y se sorprendió con las fotos. Me explicó que uno de los que estaba en una foto era el Tío Arístides. ¿Quién?, le pregunté. El tío Arístides, el de la herencia (la mítica y eterna, la cuantiosa, la salvadora herencia). Que vino dos veces a Argentina, que no se quería volver. Arístides Natale. Señor de los billetes, sombra de las excusas para el futuro, garante de pago. Increíble tenga ese nombre. Da para meterlo entre los personajes de la novela. Las otras fotos del cuento del oso eran, efectivamente, de mi abuelo y mi abuela de lado paterno. En medio de la comida-charla llamó Juan Cruz desde el recital de Radiohead. Se escuchaba nítida la voz de Tom, y la guitarra de “Street Spirit”. Fueron dos minutos, después la comunicación se cortó. Suficiente. Debería haber estado ahí. Pero no fue posible estar ahí. Mientras tanto, mi tía hablaba de no sé que casa en no sé qué lado, un lugar padadisíaco y celeste en el que según ella se iba a ir a vivir; padre hablaba por teléfono con un amigo. Me quedé con ellos, esperando no sé qué cosa. Que se me fuera la paz, esa paz inexplicable que me agarró por unos segundos.